Cita

17.40hs llego a la esquina de Pueyrredón y Las Heras. No debería estar ahí pero me las ingenié para que algunas obligaciones coincidan con el día y el horario.

Faltan veinte minutos para encontrarnos. Mi puntualidad hace que siempre llegue antes a todos lados y esta no era la excepción ¿Era eso una cita? No sé. Hace un tiempo que pongo en duda la palabra pero no llegué a grandes conclusiones.

Esperar en una esquina siempre me generó ansiedad, porque no sé por dónde va a aparecer la otra persona. Suelo mirar y tratar de hacerme apuestas pero nunca acierto.

Me pregunto si eso le pasa a todos: La ansiedad controlada y las apuestas a uno mismo.

Después de unos minutos mirando alrededor, camino hacia la facultad de Ingeniería y me siento a ver a un grupo de pibes que festejaban su recibida. Habían traído a la abuela en silla de ruedas y el pibe, arrodillado en el piso y lleno de engrudo de colores, le daba la mano y la miraba a los ojos.  

17:50hs vuelvo al mismo lugar y doy vueltas con la mirada sin mover el cuerpo. Me dijo que iba a estar con mochila roja y esa era la única referencia que tenía de ella. A mis espaldas está el subte así que tengo una posibilidad menos. Es hora pico y son seis esquinas, más las veredas, más la posibilidad de que aparezca sin que la vea. No quiero estar mirando desesperado para todos lados. Me calmo y apoyo mi cuerpo sobre la baranda del subte.

Me quedo mirando fijo a un pibe que se acomoda la camisa, mira el celular y se para justo sobre el cordón de la vereda. Vuelve sobre sus pasos y se para en la baranda contraria a la mía. Estamos en la misma, pienso por dentro.

Acercándose la hora, ya no sé si seguir con la mirada sobre el semáforo que corta una y otra vez o usar el teléfono. Tengo la sensación de que usar el teléfono no da. No me gusta recibir a alguien así, me digo y lo guardo otra vez en el bolsillo, pero en vibrador, para que no se me pase el aviso. El sol empieza a caer sobre las Heras y hay un vientito lindo pero fresco.

Me manda un mensaje: –Estoy llegando– levanto los ojos y el semáforo se pone en verde. La busco entre la multitud que espera para cruzar. Se me acelera el pulso y me pongo nervioso. Qué idiotez, pienso. Pego una vista 360 pero no tengo suerte. No hay señales. Me acomodo un poco la ropa. Vuelvo a mirar y nada. El pibe de la camisa ya no está.

Aparece cruzando la calle. A pesar de que vi muchas fotos de ella en su instagram, el contacto humano supera la ficción. Es impredecible, sin filtro, irrepetible. Me voy preparando para el saludo y sin querer le sonrío a la distancia. Se acomoda el pelo y me devuelve la sonrisa.

-¿Llegaste hace mucho? -me dice-
-No, hace un toque.

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