Impulso

Me había enamorado de todas ellas. Te lo juro. Ellas iban y venían. Estaba todo calculado a la perfección, como los trenes que llegan a un cruce de vías y vuelven a salir. Como un campo de olivos en noviembre. Como la máquina más perfecta que ensambla parte que luego se pierden en un todo.

Cada una de ellas había ocupado un lugar en la alacena. Con su frasco de colores brillantes y su etiqueta. Cada una acomodaba la ropa de manera diferente. Si tú las hubieras visto.

Todas tenían su particular manera de mirar el techo. De jugar con las sábanas en sus pies. De abrir las cortinas para empezar el día o de hacer el café para la sobremesa. Cada una tenía una técnica para maquillarse frente al espejo y yo admiraba la sensualidad de ese acto premeditado y veloz. La perfección de mirarse al espejo con movimientos rápidos y precisos. A las apuradas para volver a sus vidas.

A cada una le preparaba un plato diferente. A veces pollo, otras wok de vegetales y otras veces pasta italiana. El vino tinto iba cambiando de bodega pero siempre sobre las mismas dos copas que guardaba de mi primera mudanza. Les contaba historias parecidas pero siempre cambiaba el final porque creía que de esa manera podía evitar las similitudes. Para divertirnos leíamos cuentos, jugábamos a las cartas y hasta pintábamos con acuarela. Nos reíamos a carcajadas de los chistes que repetía una y otra vez. Hablábamos hasta quedarnos dormidos. Abrazados, uno sobre otro y encastrados cuando hacía frío. Soñábamos futuros repentinos y vertiginosos. Nos escapábamos a cada instante.

Las despedidas también tenían lo suyo. Besos interminables, abrazos cortos, labios comprometidos que saludan con el contacto mínimo indispensable, pero que guardan el instante cerrando levemente los ojos. La espera previa a la despedida. El comentario sobre el clima. El silencio. Juntar las cosas y revisar para no olvidarse nada. Las llaves en la mano. El ascensor. La puerta que separaba todo ese mundo mágico del mundo real. Y ahí otra vez el silencio. Sabíamos que la eternidad duraba esos segundos en los que no nos mirábamos a los ojos.

Pero de la única que no me enamore fue de ella y eso, eso es lo que me termino de matar. O de enamorarme. Aún no lo he descifrado. Ella era un todo significativo disuelto en partículas de polvo de aserrín. Ella era una guerra de almohadas de pluma.

Y un día ya no quise ocultar los restos de ese impulso. Estaba en todos lados y yo iba sin apuro hacia un colapso seguro. A cualquiera le puede pasar que se vuelva loco por el rojo intenso de sus labios, me dije mientras tomaba el último café de la alacena vacía.

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