Smartlove

-Estimada, déjeme decirle que tengo una mezcla de sensaciones. Un ida y vuelta entre deseo y locura. –Comencé la conversación tratándola de usted.

-Mientras sea locura de la buena, contestó ella rápidamente.

-Es de la buena, ¿Cómo decirlo? –Me preguntaba en modo pensativo– Es de esas en donde si usted estuviera cerca, podríamos hacer algo al respecto.

-Se ve que la locura es mutua, pero no sé muy bien porqué, -cuestionó ella.

– Es algo raro, si, concuerdo con usted.

-Pero quiero confesarle, a todo riesgo, que me encanta esta dinámica rara que se va gestando.

-Ya que se confiesa -repuso ella- debo confesarle dos cosas: La primera es que me siento atraía por sus escritos y, la segunda, es que la otra noche soñé con usted. Vaya uno a saber.

-¿Puedo preguntarle qué fue lo que soñó? ¿Lo recuerda?

-Estábamos en un auto negro y nos besábamos apasionadamente, contestó. Era todo muy confuso pero muy intenso. Podía sentir su perfume y todo se basaba en aromas y besos intensos pero de esos lentos. Le besaba el cuello y podía escuchar su respiración.

-La leo atentamente, contesté.

-Quiero aclararle que soy de soñar siempre cosas raras y demasiado revueltas. Con lo que sea. A veces escribo lo que sueño porque algunas cosas después me pasan en la vida real.

Su comentario era una invitación, o una excusa, o un deseo, o todo junto.

Mientras pensaba en sus palabras y en sus gestos, seguí:

-No quiero decirle cuáles son los perfumes que uso, para mantener la imaginación intacta.

No tiene que excusarse conmigo. No hace falta –le aclaré.

-No necesito excusarme. Es simplemente una aclaración, escribió de manera rápida y seca.

-¿Usted no cree que todo el mundo vive sin decir lo que piensa o siente porque cree que el otro va a pensar mal? La pregunta era desafiante pero era una invitación a indagar en ese sentido de la conversación.

-Es verdad, respondió.

Si ese momento hubiera sido en persona, los dos nos hubiéramos quedado callados y mirando un punto fijo.

-Volviendo a su sueño, ¿puedo preguntarle cómo se sentía en ese auto?

-Alterada hormonalmente, me dijo. De hecho –agregó–, ambos lo estábamos y mucho. Usted tenía puesta una gorra negra.

-Puedo imaginarlo –le contesté y cerré los ojos por unos momentos.

En un instante estaba adentro de ese auto y no dude en contarle lo que venía a mi cabeza:

-Usted está sentada sobre mí, de frente.  Respiración agitada y profunda. Le esquivo la boca y la miro a los ojos. Voy directo a su cuello hasta llegar a su oreja.

Respiro. Veo como se va encogiendo de hombros y yo me mantengo ahí por un momento.

Un instante más. Vuelvo al cuello. Perfume. Aroma. Ahora voy hasta su pecho con la lengua en punta. Me freno. Vuelvo a empezar.

-Imaginé algo muy parecido –me dijo y preguntó:

-¿Usted también sueña así tan real?

-Generalmente sí, le contesté cerrando los ojos para no perder ese momento.

Pero luego de algunos momentos quise recuperar la magia del instante anterior, y sin reparo, fui hacia ella nuevamente:

-Quiero confesarle que cuando se vaya a dormir, seguramente sienta una energía extraña, aunque conocida, que viene desde algún lugar. Voy a ser yo poniendo toda mi imaginación para acercarme a usted.

Para besarla y tocarla desde acá. Para ver si calmo la ansiedad que me generó verla a través de una foto y leerla mientras tenía ese sueño hermoso, le dije.

-Ya siento esa energía al leer su confesión.

Casi interrumpiendo sus palabras, le dije: -¿Podría describir lo que siente?

-Voy a imaginarlo a usted. Voy a volver al sueño para darle continuidad.

-¿Cómo quiere que termine el sueño? –Pregunté.

-Quizás en vez de seguir sentados, deberíamos cambiar de posición o al menos sacarnos la ropa. Continuar con los besos y las caricias suaves pero intensas.

En ese momento abrí los ojos grandes como quien agudiza los sentidos en un estado de alerta máxima.

-Puedo verla desnuda. Enseñándome cómo acariciarla mientras sus ojos se cierran y su cabeza se va hacia atrás, le expliqué.

-Yo lo guío con mis manos, porque usted también tiene sus ojos cerrados. Que todo sea sentir, escuchar y oler –me aclaró como quien da las pautas de un concierto.

-Con los ojos cerrados la acompaño hasta que se recuesta totalmente.

Hubo un momento de silencio. Quizás uno de esos en donde uno cierra los ojos y viaja sin moverse un centímetro. O se queda mirando la pantalla esperando una respuesta, imaginando los efectos de las palabras, los gestos, la respiración.

Cuando quise darme cuenta, ya no estábamos ahí. A decir verdad, no sé donde estábamos pero mi cabeza había encendido un motor que no paraba de recrear la situación. Todo se volvió intenso, indescifrable, inquieto y hasta perverso.

–Empiezo en su oreja, luego voy hacia su cuello alternando con su boca que intenta buscarme. Sigo en su cuello y sus orejas. En sus pechos. Les doy una vuelta completa, voy al centro. Lo repito algunas veces más.

Sus pezones están eróticamente tensos y juego con ellos haciendo infinito el contorno y sus límites.

Sigo hasta su ombligo y hago trampa abriendo los ojos para verla: su cabeza y sus labios son el goce hecho gestualidad. Cierro mis ojos y continúo bajando desde el ombligo.

-Confieso que ya logró estremecerme. Ya con sus besos suaves tiemblo –interrumpió ella.

-La siento temblar –le confesé–. Sigo bajando desde el ombligo y siento esa piel viva, caliente y húmeda en exceso. Como rendida al juego sin reglas.

Doy vueltas con mi lengua y le pido que me enseñe una vez más a tocarla. Ahora quiero ver, sentir y escuchar a su cuerpo estremecerse. A sus manos retorcer las sábanas, a su cabeza moviéndose de un lado a otro y a su respiración agitada expulsar un suspiro de alivio.

-Debo seguir confesando que ya no solamente estoy estremecida. Mis manos son sus manos y lo guío en la oscuridad –aclaró ella.

-Agarro sus dedos y los llevo hasta mi boca. Les paso la lengua y los hago recorrer el contorno de mis labios, mi cuello, mis pechos y mi sexo. ¿Puede notar como tiemblan mis piernas?

Tengo primera fila del espectáculo del cuerpo rendido. Mis manos, mis ojos y mi piel no se pueden distinguir de su piel y su cuerpo mojado. Me recuesto a su lado. Le acaricio el pelo detrás de la oreja y le doy un beso en la mejilla aun sonrojada y tibia. Ella está en otra parte.

-Era todo suyo y supo matarme con la seguridad que el torero engaña al toro. Con la suavidad de sus manos en sincronía. Con sus labios. Con su aroma.

– Espero que haya pasado allí, todo lo que acaba de pasar acá.

-Estaba pasando mientras lo leía, me dijo.

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