Cuerpos urgentes

Mientras estaba recostado y la veía pasarse crema por las piernas tuve un momento de esos en los que mi mente le recuerda al cuerpo lo que había sucedido hacía unos minutos.

Cerré los ojos y me fui. Volé con esas manos agarrándome del cuello y con el sonido de los gemidos que aumentaban y disminuían a cada momento.

Me tomo de la mano y me miró a los ojos fijamente.

– ¡Ni lo sueñes! Me dijo con voz firme.

Que no escriba ninguna historia. Que hay cosas que deberían quedar solamente para mí. Que todo esto era una locura. Iba y venía del baño a la habitación terminando de vestirse y me relataba su preocupación sobre aparecer en los relatos.

Después de dejarla terminar, le dije que en los relatos vivía una fantasía disfrazada de recuerdo. Un encuentro de seducción y piel. Que no tenía que preocuparse por nada, porque siempre cambiaba mis escenarios, el orden de las cosas, las camas y los perfumes. Que muchas veces completaba las escenas con otros encuentros, que había muchas historias por contar o, que, simplemente, dejaba volar mi imaginación.

No iba a exponerla. Nunca lo hice. Aunque confieso que moría de ganas de que todos puedan ver esas piernas y su espalda erguida sobre mí. Ese cuerpo exigiendo todo lo que tenía para ofrecerle, mientras su cuerpo se hundía en busca del roce violento y apresurado.

Una boca que se muerde a sí misma. Sus manos invitándome a recorrer la piel más larga del mundo. Siempre manteníamos la mirada fija en los ojos que parecían no parpadear, salvo cuando la liberación de endorfinas hacía contraer el abdomen, respirar profundo y cerrar los ojos. Eran solo unos segundos para luego perderse en el momento perfecto en que la señal del cuerpo es más fuerte que la de la mente.

Le gustaba que bese su espalda. Que la mire a los ojos manteniendo una conexión real entre dos ojos urgentes que se interrumpen de tanto en tanto. Que apuran los rincones de la habitación para no dejar que nada sea un cómplice ocasional y que todo sea parte de la euforia, de la locura a poca luz. De los fluidos hirviendo. De los poros dilatados por el calor.

Estaba de rodillas frente a mí. Corrí su pelo y la levanté. Intentó acostarse, pero negué con la cabeza y suavemente acompañé su movimiento para dejarla de frente a mí contra el placard blanco que tanto le gustaba. Me quede mirándola por varios minutos. Nuestras pupilas se habían acostumbrado a esa oscuridad profunda.

La acaricie con el dorsal de mis manos. Uno suele tener la piel más curtida y esa suavidad era un contraste para apreciar. Sus brazos se dejaban llevar y me invitó a dar un paseo de los que te cuesta volver.

Comenzó a tocarse. Primero suave y después más enérgico. Me acerqué lentamente hasta su cuello transpirado por la agitación del corazón. Su perfume abrazaba mi boca y hacía detenerme detrás de sus orejas, donde se agita la respiración y se acelera la masturbación. Después de varios minutos estaba arrodillado frente a esa mujer que nadie vio en su máxima esplendor. Que nadie conoce en sus pequeños gestos de satisfacción más prohibida y erótica. Que convierte lo precario en sublime. Que afianzaría la cordura de cualquier Don Quijote. Ella no podía contener la locura y gritaba al mismo tiempo que su panza se contraía con fuerza. Éramos dos, pero desde afuera, se percibía como un ejército de almas precoces saciando su sed.

Cada vez que levantaba mis ojos para mirarla, ella tocaba sus pechos con fuerza. Los agarraba en forma de círculos y parecía que quería arrancárselos. Eran voluptuosos, firmes.

Me empujó hacia atrás y metió sus dedos en mi boca. Quería que tenga primera fila del mejor espectáculo que se recitaba esa noche. Comenzó a tocarse cada vez más fuerte y todas sus extremidades se convirtieron en una sola pieza que se movía al compás de la satisfacción.

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