Despedida

Ella era nueva en el trabajo.
Empezó a frecuentar mi oficina
en busca de charla.
Empezamos a hablarnos cada vez más
y un día entró con los labios
pintados de rojo furioso.

Su piel perfecta,
su mirada desafiante.
Y sin mediar palabra alguna,
nos besamos ahí mismo.
Con la puerta abierta

Después de varios segundos,
se fue sin mirarme.
Había quedado ese rojo por todos lados.
Me limpié como pude y salí asustado.
Nadie había sido testigo del beso furtivo.

Ella venía cada vez más seguido,
y yo, cada vez la esperaba más.
Entre esos besos y manos traviesas,
me dijo que se iba.
Que Buenos Aires no tenía nada para ella.
Que el viernes era su despedida
y que le encantaría que yo esté ahí.

Me tomo de la cara,
y mordiéndose el labio,
me pidió que ese momento
no termine nunca más.
La puerta siempre estuvo abierta
en todos nuestros encuentros.
Como desafiando al destino.
Como jugando con fuego.

Llegué a la fiesta sin saber
muy bien qué hacía ahí.
Cuando la vi,
entendí que esa era nuestra noche.
Ella no se despedía
de sus compañeros de trabajo.

Llegó el final de la reunión.
Fumamos en la puerta del bar
y nos fuimos en secreto. Como fugitivos.
Cada uno para direcciones diferentes
pero encontrándonos a unas cuadras.

La noche había comenzado
unas semanas antes
con nuestro primer beso
de labios rojos y manos traviesas.

Llegamos a un hotel que exhibía habitaciones
temáticas. Rusticas. Amantes.
Nosotros solamente necesitábamos
despedirnos en cualquier rincón,
en cualquier cama que pudiera soportarlo.

Se tiró sobre el colchón rendida y
se tocaba mientras yo me desvestía.
Todo fue una locura.

Pasé mi lengua desde sus pies
hasta su boca. Jugué y soñé a que era infinita.
Que podía recorrer su piel
las veces que sean necesario
para que nunca se olvide de mi.
Para guardarme en las papilas
ese aroma a piel blanca.
Esas curvas perfectas y
esos pechos erotizados.

Su lengua inquieta y sedienta
encontraba mis puntos débiles.
Era tenaz en cada movimiento.
Era sutil, en cada ida y vuelta.

Se ató el pelo y se subió encima.
Sabía perfectamente lo que hacía.
Su cadera se quebraba con facilidad
al mismo tiempo que daba círculos
rápidos y luego lentos.
Con sus manos me agarraba las muñecas.
Pasaba sus dedos por mi boca,
y se recorría ella misma.

Sus gemidos eran tímidos.
Su respiración era profunda y controlada.
Sus movimientos estaban calculados,
sus expresiones y sus ojos cerrados
gritaban en silencio el goce del momento.

Estábamos acostados, mirándonos,
y empecé a pasarle mi mano por las piernas.
Pude notar su piel en mis manos,
como si fueran una extensión de mí.
Sus pequeños gestos,
que se convertían en algo más.
Puse mi boca caliente sobre sus pezones,
y los succioné con fuerza.
Ella torció su cadera
y me miró a los ojos.

Sonó el teléfono de la habitación,
lo levantó y dijo que nos quedábamos.
Se ató el pelo,
terminó de un trago su vaso de vino
y después hizo sonar tu cuello con las manos.

Hubo un silencio erótico.
De movimientos cortos y mirada fija.
De pelos despeinados y ropa por todos lados.
Ella sabía que no nos volveríamos a ver,
y quiso extender la pasión por dos horas más.

Es difícil tener sólo una noche, me dije.
Mientras el taxi se alejaba.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s