Un mundo en todos lados

Ahí estaban una y otra vez. Mirándose y tocándose las mejillas.
Suspirando el aire caluroso que llega de las ventilaciones.
Que llega de un cuarto en el que ocupan de a dos, o de a tres.

Mirada firme y estilizada. Percepción encendida en todos partes.
Como náufragos en el océano que no pueden dormir por si no llega el mañana. Sueños profundos de mareas etílicas que vienen a romper lo cotidiano de un martes en la catedral. Que sueñan.

Que tropiezan con todos los escalones de la facultad. Arriesgan besos y se endeudan en el más costoso amor, el perfecto, el cruel, el desacuerdo. Piensan y sienten en un mismo pentagrama, pero suenan diferentes, en sueños recurrentes de gente que no pasa sus noches pensando en mañana.

Alistan los suspiros y salen a caminar bajo algunas nubes. La ciudad duerme. Los sueños se mantienen despiertos. Despilfarran abrazos pero cuidan sus cicatrices por demás, por si acaso, por los que vendrán. Caminan, se mueven, se multiplican, y se regocijan de su poder. Encienden luces en sus ojos para no perderse. Otros pueden ver la magnífica obra que dejan a su paso, algunos la ignoran, algunos la sienten, algunos la administran.

Corren desesperados, sienten que no llegaron, inyectan a los árboles de una savia vejez. Recorren el bosque, caminan la tierra, dan besos por doquier. Pelean desnudos, juegan en círculos y el mundo no los ve. Avanza todo girando sin despertar pero manteniéndolos en su superficie, callándolos, arropándolos, amándolos. Son ellos, somos nosotros una y otra vez.

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