Señal de amor

Este cuento fue finalista del concurso literario Roberto Arlt 2016, categoría jóvenes.

Sebastian y Gabriela se conocieron en una muestra que se expuso en el Museo de Bellas Artes de la provincia de Salta. Era septiembre, pero el calor agobiaba más que el apunamiento. Ella anotaba algunas líneas en su cuaderno y Sebastian no pudo dejar de mirarla. Pelo lacio y largo. Brillante. Movimientos suaves pero firmes.

Sebastian es arquitecto y vivió toda su infancia en Mendoza, desde donde vino a estudiar con 19 años. Cree que la vida es eso que pasa mientras uno escribe un poema, o hace una casa o al menos mientras la dibuja. Se mueve sin mucha prisa, y nunca pudo adaptarse al ritmo porteño.

La muestra fue la primera en su estilo y había una gran cantidad de asistentes. Gabriela se percató que la miraban y sostuvo la mirada para hacer frente a los ojos verdes que traspasaban su cuaderno. Entre señas y sonrisas Gabriela le contó que era la primera vez que visitaba un museo. Que nunca se había sentido atraída por el arte porque lo consideraba algo elitista, pero que necesitaba terminar su bendita tesis para la Universidad de Buenos Aires.

En ella, planteaba como hipótesis principal, que el amor nos hace mejores personas. Que ese concepto a veces intangible e inaccesible para algunos, tiene las cualidades físicas y químicas para volvernos más humanos, más sensibles y más auténticos.

Sebastian leía a Gabriela atentamente y no sacaba su vista de ella. Todo a su alrededor había desaparecido.

Gabriela era de Buenos Aires y se había criado en Caballito. Alquilaba un departamento junto a una compañera de la facultad en Flores, porque le encantaba la mítica del barrio, recorrer las calles interminables y abarrotadas de gente que acompañan a la Av. Avellaneda o ir al viejo cine, aunque en los últimos meses su tiempo se dividía entre la tesina y el trabajo de medio tiempo en una sastrería de alta costura.

El verano empezaba a asomar en las ventanas más altas de Buenos Aires y Gabriela había entregado su tesina con una suerte de esperanza desesperada para obtener cuanto antes su aprobación. Sebastian se había dado cuenta de que diseñar casas no era todo lo que siempre había soñado, porque al fin y al cabo, lo más importante no era una construcción perfecta, sino una construcción que estaba mucho más lejos: un hogar. Algo que los lápices y las láminas no lograban entender del todo. Algo que escapa a cualquier programa y que sólo se siente en el cuerpo. En ese deseo por trascender las paredes más finas jamás construidas.

Ese día se levantó tarde y se quedó mirando las tostadas que había preparado. Apenas le daba unos sorbos a su mate amargo, cuando corriendo el plato de tostadas algo quemadas abrió su notebook y le escribió un correo a su jefa:

Caro, el estudio de arquitectura me dió los mejores años de mi vida, pero siento que es momento de avanzar un casillero y construir mi propio camino. Me voy de viaje. Gracias por todo.

Como si nada más importara y con una paciencia quirúrgica, Sebastian armo una valija pequeña y salió hacia Mendoza.

Gabriela había terminado una relación de 8 años y hacía poco más de 6 meses que estaba sola y tratando de acomodarse. Su compañera y amiga con la que compartía el departamento del barrio de Flores, Belén, era un gran apoyo en esos momentos en que la vida pega como nunca antes. La negra, como solía escribirle Gabriela, viajaba seguido para ver a sus padres en Bariloche y en los primeros meses de la separación se quedó para acompañarla en todo momento. Ella sabía que la necesitaba y siempre le repetía como podía:

-La negrita siempre está para vos.

La negra había aprendido mucho de Gabriela y ella siempre devolvía todo ese afecto con una linda sonrisa y un abrazo fuerte. Esos vínculos son más firmes que los pilares de un edificio del microcentro porteño.

Sebastian llegó a su pueblo natal y conecto con lo esencial. La familia, los amigos, algún amor de la infancia con el que mantuvo charlas interminables y recordó su etapa de adolescente. El descanso y el silencio que lleva a escuchar nuestro corazón. Después de algunos días, tuvo que viajar a Salta por un proyecto de la gobernación en el que había concursado para la construcción de obras viales. No era lo que él esperaba y al cabo de pocas semanas estaba de vuelta en Mendoza. Sentía que había tomado la decisión equivocada al irse de Buenos Aires. Pero las crisis siempre traen algo detrás. Algo escondido que a simple vista no se ve con claridad.

Sebastian no pudo dormir en toda la noche pensando en su decisión. Al día siguiente le dijo a la familia que volvería a Buenos Aires para buscar su rumbo. Que la conexión con ellos le había mostrado que escaparse de los lugares no tiene sentido, y que las idas y vueltas son necesarias para despertar. Aunque representaba una etapa superada en su vida, su condición lo había hecho tambalear muchas veces pero él sentía que esta vez era otra cosa. Como si no supiera de dónde venía el sentimiento. La arquitectura le había dado un gran empujón en sus inicios, porque era la expresión acabada y certera del pensamiento más profundo del alma. Una profesión que le permitió expresarse como el quería, pleno y lleno de significado, y no como la mayoría creía.

Para Gabriela los días que dieron de plazo para la corrección de la tesina se le hacían interminables y trataba de no pensar. Se concentraba en el trabajo, y había descubierto las clases de yoga gracias a un folleto que le dieron en la calle. Jamás pensó que ese tipo de publicidad era efectiva hasta ese día, en donde algo le llamó la atención:

-“Es hora de cambiar tu vida. Sana tu cuerpo y tu alma” rezaba el folleto impreso en la peor calidad, pero con un mensaje contundente para alguien que transita una separación.

A mediados de diciembre Gabriela concluía su primer mes de yoga y todo el grupo se reunía esa noche para despedir el año. Como todo conjunto de personas que realiza la misma actividad, habían creado un grupo de whatsapp que titulaba”yoga es amor” y era ilustrado por una foto grupal en la que ella no estaba, pero en el que tímidamente había ido tomando coraje para expresarse, desear buenos días, compartir imágenes y hasta expuesto los argumentos centrales de su tesina que esperaba ansiosa.

La noche de la reunión Gabriela estaba muy animada por asistir. Se sentía cómoda con el grupo y le había contado por whatsapp a Belén lo que se iba a poner.

-Negrita, el vestido negro nunca lo usé. Hoy es el día!

-Te queda hermoso Gabi. Estás divina contestó la negra después de un rato largo porque no era muy amante de mantener el celular entre sus manos y menos cuando había viajado a ver a sus padres.

Gabriela cortaba la etiqueta y se miraba al espejo.  Pelo lacio que bajaba en una espalda descubierta con cinco lunares estratégicamente ubicados. Los ojos delineados eran imponente. Después de tantos años, los gestos y las señas adquieren una acentuación propia, una entonación que va acompañada de la emoción del momento. Imposible de  esconder. Su cara aun llevaba las consecuencias de trasnochar por el estudio y el combo era acompañado por una pequeña cicatriz en la comisura de los labios que Gabriela detestaba pero que nadie notaba.

En el taxi de camino al encuentro, Gabriela le mostró el celular al conductor para decirle hacia dónde se dirigía. Era uno de los momentos preferidos de ella. El primer contacto con otra persona que te desconoce. Que no sabe nada sobre vos y a los que ella mira atenta como van haciendo gestos sin sentido y mueven sus labios lentamente. En fin, ella siempre se divierte en esos minutos.

La cena se terminaba y todos comenzaban a relajarse en la terraza del departamento de Alfredo, el profesor de yoga, quien propuso un brindis pero antes de iniciar sus palabras hacia el grupo, es sorprendido por el agudo sonido del timbre.

-Voy a abrir y vuelvo, interrumpió.

A los pocos minutos Gabriela quedó atónita mirando como el amigo de Alfredo atraviesa el comedor.

-Él es mi amigo Sebastian, acaba de llegar a Buenos Aires. Dice Alfredo para todo el grupo.

Y hace algunas aclaraciones que todos escuchan menos Gabriela.

-¿Se acordará de mi? Piensa en sus adentros mientras acomoda su pelo y endereza la espalda como preparándose para ser descubierta.

Sebastian no se da cuenta, al principio, pero a los pocos minutos algo cambia y se le acerca como una flecha.

-¿Qué haces acá? Le sale rápidamente mientras se seca las manos transpiradas de los nervios.

Gabriela frunce el seño y agita su mano derecha de un lado al otro.

Todo el grupo es testigo ocasional de una danza de manos y gestos corporales que jamás habían visto. A ellos no parece importarles.

La noche termina cerca de las cuatro y aunque la mayoría del grupo ya se había retirado, ellos seguían en el mismo rincón en donde habían comenzado a hablar. El tiempo intervino y Alfredo le hace un gesto con la cabeza a Sebastian de esos que entendemos todos. Mover la cabeza hacia un costado acompañado de levantar las cejas y señalar con los ojos la puerta de salida. Sebastian se ruboriza al ver que no quedaba nadie más que ellos dos y Gabriela se acomoda nuevamente el pelo, acomoda sus piernas cruzadas y revisa su celular. Es una clara señal, piensa Sebastian, que al sacar su celular del bolsillo se da cuenta de que está sin batería. Una sonrisa cómplice vuelve a sumergirlos en el momento íntimo y Gabriela, sin sacar la vista de sus ojos, anota su número y queda en escribirle al día siguiente.

Sebastian se levanta al día siguiente desanimado porque sabe que Gabriela no va a escribirle. Tiene ese presentimiento barato de falta de confianza en uno mismo.

-¿Cómo no voy a tener batería? se reclama, mientras chequea el whatsapp y ante cualquier mensaje, abre lo más rápido posible para corroborar quién es.

Gabriela, en cambio, piensa en no escribirle hasta el martes, aunque no sabe bien porqué. Esa noche no pudo pegar un ojo pensando en la situación, en el destino o en las casualidades, aunque no cree en ellas. Le contó a la negra ni bien se despertó y ella le dijo que le escriba en ese momento pero no se animó. La charla continuó:

-No puedo ver la foto de perfil, negra.

-Escribile que seguro te agenda y la ves. ¿Para qué tanta vuelta?

-No sé, me da un poco de cosa escribirle ya mismo.

-Entonces esperá hasta mañana.

-¿Decís que mañana es prudente? Preguntó Gabriela como una niña adolescente

-El amor nunca es prudente linda. Me estoy yendo al lago, a la noche hablamos y espero que tengas buenas noticias. Te quiero.

Gabriela pasó el domingo tirada en la cama de su departamento de Flores y cancelo la merienda que tenía con unas amigas en parque Rivadavia. Hacía un calor para valientes, como solía decir su mamá. Y prefirió leer y dormir bajo el infalible viento del aire acondicionado. Gabriela citaba mucho a su mamá desde que falleció.

-Cáncer hijo de puta, solía repetirse en esos días del año pasado.

Pasó todo tan rápido que me quedo la sensación de que nunca le dije todo lo que quería decirle. Les debe pasar a todos, se consolaba. Con su padre nunca tuvo una buena relación, ni mala, pero estaba distanciada desde los 21 años. Por momentos pensaba en retomar el contacto pero como no estaba segura, no quería arrepentirse.

Mientras se quedaba entre dormida su celular empezó a sonar.

-Hola! Soy Seba.

-Le pedí tu número a Alfredo. Espero que no te moleste.

-No sabía si te había dado bien mi celular, y quería asegurarme de que lo tengas.

Excusa válida, pensó Gabriela con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras sabía que debía contestar rápido porque el color azul te pone en evidencia. Sebastian había conseguido su teléfono y había roto todas las barreras que ella le dijo a la negra que no podía cruzar. El sueño que tenía desapareció de inmediato. Se incorporó en la cama y se quedó mirando el teléfono por unos instantes.

-Hola, Seba! Qué sorpresa. No pasa nada.

-¿Cómo te trata el calor del domingo?

-Ustedes los porteños no saben lo que es el calor de verdad, retrucó Sebastían

-Bua…

La charla tomó su curso y duró casi tres horas. Quedaron en verse el miércoles por la noche en un bar de Caballito.

La noche fue entretenida aunque según Gabriela el mozo que los atendió tuvo muy poca predisposición con ellos. Eso si era algo que ella no toleraba.

-¿Vos viste lo mal que nos atendió?

-No es su culpa, tampoco es fácil para ellos que no nos entienden, le dijo Sebastian mientras apuraba el paso porque el semáforo se había puesto verde.

-No, ya sé que no es fácil. Pero hay gente que tiene mejor predisposición, aseguraba Gabriela.

-La verdad no pude prestarle mucha atención a él. Estaba concentrado en vos, confesó Sebastian y ambos detuvieron su paso.

Gabriela intentó contestar pero sus señas no llegaron a formar las palabras que quería decirle y Sebastian la tomo por la cintura y le dio un beso de esos que cuando uno va por la calle se detiene unos segundos con la mirada y continua su camino.

Gabriela y Sebastian llevan dos años juntos. Inseparables e infinitos. Siempre caminan con una sonrisa y siempre tienen algo para celebrar juntos.

La tesina fue aprobada por todo el comité evaluador y hasta recibió un premio. Cuando Gabriela tuvo que pasar a recibir el reconocimiento, el rector de la Universidad de Buenos Aires le preguntó cómo se le había ocurrido abordar ese maravilloso tema del amor.

Gabriela hizo un gesto como de duda, miró a Sebastian en la segunda fila, tomo aire y el auditorio escucho atentamente:

-El amor para mi es lo mismo que para ustedes. El amor nos hace iguales a todos los que estamos acá, a pesar de nuestras diferencias físicas. No somos diferentes ante un alma desnuda y unos ojos que brillan de amor. No podemos esconder la aceleración del pulso ni las manos transpiradas. Todos podemos demostrar que amamos con el corazón a través de nuestras acciones y nuestras palabras, pero las acciones hablan más que cualquier otra cosa. Son las que nos definen todos los días, son con las que somos juzgados porque a las palabras se las lleva el viento pero un abrazo acaricia el alma.

La traductora de lenguaje de señas rompió en llanto y Gabriela se le acercó para abrazarla. El auditorio aplaudía de pie con un sonido que algunos jamás escucharán pero que lo sienten en su interior.

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