La historia de mi vida

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Anduve por pocos lugares, pero los recuerdo con mucho cariño. Caminé sobre la noche más oscura y vi salir el sol desde varios caminos. Discutí con todos aquellos que no tenían la misma visión. Pero recordé que discutir no es necesario cuando la razón no existe y el sol ya no brilla sobre tus hombros.
Despedí a más de un conocido en sus aventuras por el mundo. Acaricié perros en todas las calles y miré con desdén a aquellos que no lo hacían.
-¡Insensibles! –exclamaba por lo bajo.
Repetí patrones tóxicos y me emborrache más de una vez para gritarle al mundo que me dejará en paz. Que yo puedo solo y que no necesito del destino ni del universo. Esa omnipotencia del ser humano de desafiarlo todo. De ir poco más allá para saberse todopoderoso. Desafiar al universo porque yo brillo con mi propia luz y no le debo nada a el, que se adjudica todas mis cosas buenas pero jamás se presentó.
– Hola, soy el universo. Confía, esto también pasará.
– ¿Quién se cree que es?
Seguí caminando y encontré a varias personas que me enseñaron que lo bueno no dura poco. Que esa es una creencia limitante que inventó un tipo que tenía un mal día.
Después decidí hacer mi propia comprobación del mundo que me rodeaba. Hice poco bien y mucho mal. Ejercí un poder desmedido sobre las personas de un círculo llamado íntimo. Las seduje con buenos modales y las invité a una gran cena. Luego las invité a retirarse, las volví a llamar y nuevamente les dije que se vayan.
Aún sin tener en claro cuál era la punción que corría por todo mi cuerpo exprese poco amor, muy poco, y fui ajeno a la realidad que viven ellos anteponiendo siempre mi palabra. Pude frenarme a tiempo en muchas oportunidades, pero el animal interno del ego pide seguir hasta que el otro esté de rodillas y, una vez allí, de rodillas ante mi mundo sin ninguna otra chance a donde correr, teníamos que aplastarlo por completo para mostrarle que el control y el mundo caben en mis palabras.
Una vez que el animal se cansaba de tenerte contra el piso, se iba a dormir por un rato para dejar que aparezca el héroe. El único que podía salvarte de esa situación en la vos mismo te habías metido. Claro, era tu culpa estar tirado. Era tu culpa que se despierte ese animal y escupa las palabras más desmedidas que jamás habías escuchado. Pero la historia se repetía. El mismo animal, las mismas palabras, el mismo patrón, el mismo mundo. La batalla había comenzado otra vez.
La bestia necesitaba saciar la sed de venganza a cualquier precio. Las heridas de un circo ambulante nunca cerraron y cualquier persona es presa fácil si estuviste encerrado por mucho tiempo. El instinto no se pierde, se domina. Lo único que se pierde es la confianza en uno mismo y la capacidad de amar
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