Inteligencia artificial, estupidez natural

Esta nota sobre inteligencia artificial y actualidad fue escrita para la revista Española Verböten Magazine

Bing se sienta frente al monitor y no puede hacer otra cosa más que mirar. En un intento desesperado por dejarlo, cierra sus ojos pero el sistema lo advierte. Se encienden las alarmas lumínicas y sonoras. Vuelve a abrir sus ojos y nuevamente está ahí, solo, desconcertado y alimentando un mundo del que conoce poco y nada. Las pantallas nunca se apagan. Ellas deciden si es de noche o de día o, más importante, deciden cuánto crédito te queda de vida. La única salida al encierro de la mentira es un reality show. Sí, uno de esos en los que se humilla a las personas y se burlan de las trivialidades de los demás. Así transcurre el capitulo 15 millones de méritos interpretado por Charlie Brooker, el creador de la serie Black Mirror. La corta y polémica tira trata los temas más controversiales de la industria tecnológica, del entretenimiento, de la televisión y de la vida prefabricada. ¿Analogías con el capitalismo salvaje? Hágalas usted mismo.

Ahora bien, nos adentramos en un mundo no tan lejano al de Charlie Brooker. El de la Inteligencia Artificial (IA) que, según quién interprete las dos mágicas palabras, nos posicionará sobre terrenos complejos de comprensión. Veamos: La inteligencia, esa que desde temprana edad nos venden como el “éxito y como el objetivo a seguir” pero que nadie nos puede explicar bien cuál es su significado verosímil, puesto que, depende cómo, cuándo o dónde uno la utilice. Aquí tenemos nuestra primera barrera, las subjetividades y, todo aquello que se interpreta, abre un campo de conocimientos ilimitado.

El otro término, lo artificial, generalmente asociado a lo banal, lo simple, lo “no humano”, nos hace pensar en un terreno que dista mucho de los supuestos procesos que conlleva la inteligencia. Aquí es donde me pregunto si dos términos tan disímiles pueden rotular un mismo proceso y pasar desapercibidos.
Con este breve desglose, quiero llegar a que eso es lo que genera hoy en día la IA, una dicotomía. Una separación entre dos áreas intangibles (la inteligencia y lo artificial) que a la hora de argumentarlas nos hace transitar caminos pantanosos de los cuales debemos encontrar la salida.

Más allá de todo esto, pero siguiendo en la misma línea temática, hay tres aspectos que me parecen fundamentales repasar a la hora de hablar de IA: Los usos, el trabajo y el amor.

La vorágine del día a día ha hecho que nos deslumbremos ante los avances tecnológicos sin reparar en sus consecuencias adversas. Así como la industria farmacéutica en sus comienzos logró una venta indiscriminada sin que los ciudadanos vean las contraindicaciones, la tecnología ha hecho lo propio con métodos no tan diferentes. La clave en todos estos procesos, las estrategias de marketing, entre otras.

Como si la época de la reproducibilidad técnica expresada por Walter Benjamin no fuera suficiente, seguimos creando cosas —y métodos— para recrear lo que nosotros mismos hacemos y sentimos. Es claro que no se está hablando de computadores o naves espaciales, sino, de intentar crear robots con sentimientos. Si, con sentimientos. Esos que son únicos e irrepetibles y que nos hacen originales en todo nuestro ser.
No podemos controlar nuestros impulsos y ni siquiera sabemos qué es el amor y cómo se practica, pero se destinan millones a una industria que promete reparar lo que la raza humana no quiso, o no pudo.

Acompañada por los más grandes artilugios de la industria cinematográfica, se han construido varios discursos sobre IA. Desde filmes como El Hombre Bicentenario que muestra a los robots con una sensibilidad extra máquina o el reciente -y polémico- film Chappie, que plantea la misma disyuntiva, pero la película da un giro inesperado cuando demuestra que es posible el intercambio neuronal entre hombre y máquina creando un robot que piensa y siente por sí mismo el cual es usado para fines inapropiados.

Dentro de las polémicas declaraciones de los máximos referentes de áreas tecnológicas, virtuales, físicas y hasta filosóficas, se encuentran las declaraciones del fundador de Microsoft, Bill Gates, quien sostuvo: “Yo estoy en el bando de los que están preocupados por la superinteligencia” y agregó que “las máquinas harán un montón de trabajo para nosotros y no serán superinteligentes. Eso será positivo si lo gestionamos bien. Unas décadas después, la inteligencia artificial será lo suficientemente fuerte como para ser una preocupación”.

Un grupo de científicos y empresarios, entre ellos Stephen Hawking y Elon Musk, han firmado una carta abierta con la promesa de garantizar los beneficios de la investigación de la inteligencia artificial para la humanidad, informó el diario Daily Mail. El documento, elaborado por el Future of Life Institute (FLI), reza que los científicos deberían tratar de atajar los riesgos que podrían acabar con la humanidad. Como ejemplo, la carta afirma que en el corto plazo la IA podría dejar a millones de personas sin trabajo. A largo plazo, podría tener el potencial de desempeñarse como distopía de ficción, en la que la inteligencia superior a los seres humanos comenzaría a actuar en contra de su programación.

Anteriormente, la inteligencia artificial ya había sido descrita por el fundador de SpaceX —Elon Musk— como una amenaza que podría ser “más peligrosa que las armas nucleares”. Como si el manifiesto de estos reconocidos personajes no fuera poco, la iglesia también se expresó. Fue Christopher Benek, un pastor de la Iglesia Presbiteriana de la Providencia de Florida (Estados Unidos), cree que los avances de la inteligencia artificial deberían ser acogidos por la fe cristiana. “No veo que la redención de Cristo se limite a los seres humanos”, dijo en una entrevista.

No es novedad que la industrialización haya traído bajas humanas en puestos de trabajo y que aún hoy se siga buscando la forma de poner una sola máquina en donde trabajan tres personas. La ecuación es simple: El robot no pide vacaciones, no descansa, no trae conflictos gremiales y obedece. Aquí entran en juego otros interrogantes, en cuanto a si esos artefactos cuasi inteligentes seguirán obedeciendo siempre o si se cumplirá el presagio de hollywood y quedaremos sometidos a ellos.

¿Y si el amor se convirtiera en una máquina? Esa -anti-lógica que nos hace movilizarnos en el sinuoso camino de las relaciones amorosas en donde tantos errores cometemos. Quizás Platón tenía razón cuando expresaba que existía un mundo diferente a este en donde todo era perfecto. Prefiero seguir quedándome con la compañía de mi perro que diferencia el afecto y se acerca en busca de una nueva caricia.

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