La poesía oculta en el amor

Las nueve menos diez. Es el segundo café y no tengo noticias de ella. No puedo mandarle un mensaje, ese es nuestro arreglo. Me quedo sentado en la mesa de siempre, junto a la ventana, para verla aparecer sobre ese caminar redoblado de curvas interminables.

Empiezo a impacientarme y siento que todo el mundo me mira. Que hasta el mozo sospecha algo porque nunca me quedo tanto tiempo y siempre me levanto con un veloz movimiento de la silla, pago dejando el cambio y salgo del bar. Sigo ahí, sintiéndome observado. A los pocos minutos la veo por la ventana. Trato de disimular mi ansiedad pero el bar está repleto de clientes y los camareros no logran ver que quiero pedir la cuenta. Una vez más, dejo el dinero suficiente sobre la mesa y salgo a su encuentro.

Cruzamos miradas y algunas sonrisas cómplices en el lobby. Tenemos reservas separadas con nombres falsos. El ascensor se convierte en un momento interminable hasta que abre sus puertas y ella me mira fijamente: -Buenas noches, dice con expresión seria. Como quien saluda por cortesía a un completo extraño mientras camina por el pasillo hasta su puerta y desaparece. Le respondo asintiendo con la cabeza. Al fin y al cabo somos extraños.

Las habitaciones siempre son contiguas. Dejo pasar un rato y mirando por el pasillo para todos lados toco la puerta 3 veces y entro. Ahí está. Mirando por la ventana, inmóvil. Ni siquiera se da vuelta al escuchar el golpe de la madera contra el marco. Me quedo mirándola por un instante y cuando intento balbucear unas palabras me interrumpe:

 -¿Por qué tardaste tanto? No podemos perder el tiempo.

Viene a mi encuentro y me besa desesperadamente. La respiración se le entrecorta y comienza a desvestirse. Deja caer su sweater y me advierte como si fuera el único culpable: -esto está mal, no podemos seguir así. Apenas puedo decirle unas palabras y ella usa sus dedos para tapar mis labios. El mismo gesto, el mismo perfume, la misma situación.

Intenta confundirme llevándome a un estado de éxtasis que no puedo describir. Me besa en puntas de pie aun estando vestida, casi vestida, porque de un tirón queda con la piel al desnudo. Uno sobre el otro, la piel juega sin retorno a un sinfín de contactos nerviosos que puedo jurar que no existen. Se mira en el espejo mientras recorre su cuerpo como si no lo conociera. Yo la acompaño mirándola por el reflejo y sintiendo todo su cuerpo. Le beso la espalda mientras ella se va hundiendo en una mezcla de placer y excitación. Juego con todos sus contornos y me pierdo en un ida y vuelta de piel desnuda. Escucho de fondo un jazz que llena los huecos de la habitación a donde no llegan los gemidos y la respiración entrecortada.

Se gira sobre mí. Quiere mirarme a los ojos y ver el rostro del extraño que la acompaña. Los besos son cada vez más intensos y de todos los colores. Toco sus pechos mientras beso su cuello interminable y rosado. La respiración es cada vez más fuerte y puedo sentir los latidos de su corazón golpeando en mi pecho. Ella extiende sus piernas con un movimiento artístico, casi perfecto y me deja jugar con la imaginación. Me agarra fuerte de los brazos, como si fuera a escaparme, como si no estuviera preso de aquel encuentro pactado entre algunos pocos del que muchos se hacen una idea.

Dos cuerpos que danzan sobre sí mismos al compás de una música que no existe. Esa que nunca fue escrita pero se lleva a cabo en todos los rincones del mundo. Ahí, donde las corcheas y las negras tienen el mismo valor y los silencios no existen, o quizás sí. Porque el silencio también es el lenguaje del encuentro prohibido.

Mira de reojo. Sabe que el tiempo es cruel. Tiene claro que no puede quedar expuesta. Yo la sigo con los labios, voy y vengo. Siento como se le eriza la piel. Me frena, siempre me frena. Como si supiera ponerle punto final a la locura.

Se enrosca en las sábanas mientras estira sus brazos y yo me acuesto mirando el techo. Hablamos mayormente de filosofía y de política. Ella tiene una visión que defiende de una manera peculiar. Por momentos se acuesta completamente dejando entrever alguna de sus partes y por momentos se sienta en la cama dándole énfasis a lo que me está diciendo. Me pide que deje de responder el celular a pesar de saber que no puedo dejarlo y que mi trabajo no se puede posponer. Siempre contesta lo mismo: esta es una buena historia. ¿Será esta mi crónica? Encuentros furtivos, horas dispares, hoteles interminables, insomnio de martes, vino de jueves. Amor de a ratos. Secuelas de soledad, miradas cómplices. Eternas esperas, rápidos encuentros. Historias reales de dos personas que sólo comparten la oscuridad de un cuarto de hotel. En fin, historias.

Ella nunca me dijo nada y yo, tan tímido y presuntuoso, no me animé siquiera a pronunciar una palabra. Fue un acuerdo tácito del que nunca me preguntaron si quería ser parte. A veces, sólo a veces, pienso en ella de manera diferente y puedo verla llegar y contarme historias que a nadie más le importan. Haciéndome parte de sus hábitos, de sus costumbres, de su verdadera piel. A veces me veo a mí, corriendo detrás de historias fantásticas y hablándole al oído. Contándole secretos del oficio y pasando el fin de semana en algún lugar donde alumbre el sol.

Acaba su copa de vino y en ese instante en donde recuerdo lo que tarda una mujer para cambiarse, ella ya está vestida. Mientras mira por la ventana, revisa su teléfono, retoca su labial, se acomoda el pelo y una vez más atraviesa toda la habitación para confundirse con la oscuridad. A penas puedo distinguir su rostro en el umbral cuando la luz de su cigarrillo la ilumina mientras se mira en el espejo de la entrada.

Sus ojos me miran fijo mientras habla en voz baja y no logro entender lo que dice. Ella se va sin despedirse porque así es mejor, porque las despedidas no le gustan a nadie y porque para ella, se despiden las personas que no se vuelven a ver.

* * *

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