La era del espionaje: ¿Quién “googlea” a quién?

Este ensayo repasa algunas cuestiones referidas a las nuevas tecnologías y al lenguaje que trajo aparejado. Fue publicado en la revista digital Verböten Magazine de España.

“Lo malo con las frases de Internet es que es muy difícil comprobar su autenticidad y autoría”
General José de San Martín

Este ensayo no divaga sobre la interminable Internet, no. Afirma algunas cuestiones sobre las que estamos implicados la mayoría de nosotros e invita a reflexionar sobre la privacidad, el [mal]uso de la web y, por sobre todo, intenta ser una mirada crítica sobre las principales empresas que hacen dinero a costa de sus usuarios: nosotros.

El “boom” de Internet y las nuevas tecnologías trajeron un gran avance en cuanto a acortar distancias se refiere. De eso no hay dudas. Es curioso que cuando la mayoría de las personas piensa en Internet, la primera palabra que se le viene a la cabeza es: Google. Quizás, debido al posicionamiento que tiene la marca o quizás es el hecho de que Google posee más del 70 % de dicho mercado distribuido en servidores, buscadores, telefonía móvil, posicionamiento global y geolocalización entre tantos otros.

  Quiero plantear un interrogante que considero clave para el desarrollo de este ensayo: “¿Son las nuevas tecnologías un avance para la comunicación y la cultura, o son un avance para los gobiernos centralizados que cada vez ejercen un mayor control sobre la población?

Un poco de historia

  Los creadores del popular sitio de búsqueda de la Internet fueron a buscar un nombre para su creación en la historia reciente de la Matemática y lo hallaron en la palabra googol, que fue creada en 1930 para designar un número formado por un uno seguido de cien ceros. A su vez, la modernidad y las nuevas tecnologías incorporaron una derivación de dicha palabra: “googlear”. La palabra “googlear” ya es un término generalizado y aceptado; que define la acción de buscar algo o alguien a través del buscador Google. Es decir, entrar a Google, poner entre comillas en el casillero de búsqueda el nombre propio de una empresa o una persona, tocar enter y ver qué aparece.

  Para una consulta típica, no hay miles, sino millones de páginas web con información útil. Los algoritmos son fórmulas y procesos informáticos que toman las preguntas y las convierten en respuestas. Hoy en día, los algoritmos de Google se basan en más de 200 señales únicas o “pistas” que hacen que sea posible adivinar lo que realmente se podría estar buscando. Estas señales incluyen elementos como los términos de los sitios web, la actualidad del contenido y de la región.

  Googlear es una acción muy común entre todos aquellos que trabajan en la comunicación o en alguna actividad de exposición pública, y que realizan la búsqueda para verificar la difusión o multiplicación de sus exposiciones o escritos. Yo googleo, tú googleas, el googlea. Todos nos googleamos. Lo hacen los empleadores frente a potenciales empleados. Lo hacen hombres y mujeres luego de una primera cita romántica y para saber de algún Romeo o de alguna Julieta. Lo hacen las personas que buscan a viejos conocidos. Lo hacen pacientes con médicos, alumnos con profesores, y votantes con los candidatos de los partidos. Hasta el director de la Real Academia Española ya manifestó la “posibilidad” de incluir la palabra en su diccionario, pero Google no incentiva el uso de cualquier palabra relacionada con su marca registrada ya que teme un posible desgaste de la misma tal y como ocurrió en otros casos.

  Ahora bien, volviendo al acto de googlear, por un lado, es peligroso porque la gente le otorga un sentido pseudocientífico a lo que encuentra en Google ya que legitima lo que dice, ve, o escucha porque pudo “leerlo en la web”, y, con estas simples palabras, le adjudican una credibilidad a una fuente que no siempre es de fiar ya que gran parte del contenido que circula en la web es de dudosa procedencia o fácilmente refutable.

  De esta manera, nos encontramos con un caso bastante típico: “googlear” síntomas de enfermedades o, aún peor, no ir al médico y buscar soluciones en línea que, de alguna manera, configura una estrecha relación con lo que en algún momento fueron “los remedios caseros de la abuela”. Como no voy a ser obsecuente y yo también googleo muchísimas cosas al día casi sin darme cuenta, soy conciente de que mucha de la información que circula en las redes, es tanto verdadera como falsa y maliciosa. Es por esto que me asustan las personas que otorgan una credibilidad sobre la información que leyeron vaya uno a saber dónde, sin ni siquiera corroborar la fuente, y que, además, lo defienden.

Palabra santa

  Lo expuesto anteriormente trae algunas consecuencias: por un lado, la primera de ellas es un grupo grande de gente haciéndole caso a las “palabras santas” que encuentran en la web, como en algún momento no muy lejano, lo hizo con la vieja y querida caja boba. La segunda consecuencia, es que se sigue fomentando una cultura que lee todo digerido, que lee títulos y que consume un tipo de información dirigida, es decir, que lee lo que alguien quiere que lea, como él quiere que lo lea y que tiene cada vez menos la capacidad para cuestionar lo que está leyendo –o googleando- según el caso y, además, ya no nos remitimos a las fuentes e investigamos lo que estamos buscando sino que, leemos lo que otros investigaron sea cual fuera su motivación.

  Por otro lado, el acto de “googlear” es peligroso porque Google presenta una gran contradicción: es una de las empresas que más causas de espionaje tiene y, a pesar de eso, tiene consolidada una de las mejores imágenes en el mercado. Todos sabemos que lo que hoy “googleamos”, mañana nos aparece en forma de publicidad o de encale directo. Sin ánimos de querer parecer conspirativo, sabemos, en algún lugar de nosotros, que nos están observando para diversos fines: espionaje, control, marketing, etc. Una prueba de esto es poner dos computadoras al mismo tiempo y buscar la misma cosa en ambas. Los resultados son diferentes ya que Google desarrolló hace mucho tiempo la respuesta semántica en donde, al momento de “googlear”, inciden factores como: gustos personales, últimas visitas y compras por la plataforma de mercado libre, entre otras tantas.

  Hemos llegado a una era en donde nosotros, en tanto consumidores de Internet y redes sociales, facilitamos el trabajo del marketing de una manera sin precedentes. He aquí una reflexión que considero pertinente del gran teórico y crítico de los medios, Jesús Martín Barbero: “(…) La publicidad, va a conectar entonces dos discursos. Primero, el de la prensa que ensambla lo privado en lo público a través del debate entre las ideologías y la lucha por la hegemonía cultural; y segundo, el de la propaganda comercial que trasviste de interés público las intenciones y los intereses privados (…)”. (“Transformaciones comunicativas y tecnológicas de lo público”; Jesús Martín Barbero, G. Gili, México, 1987)

  Para terminar, quiero compartir una frase que me dijeron unos amigos que desarrollan software libre, con los que trabajé durante algunos años: “Cuando el producto es gratis, es porque el producto sos vos”.

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