Nacemos y vivimos en lucha

El graffiti seleccionado está ubicado en el túnel de la mítica ex estación de Avellaneda, en donde el 26 de junio de 2002 una brutal represión policial se llevó la vida de dos jóvenes que militaban en el “Frente de Trabajadores Desocupados” (F.T.D.).

El graffiti seleccionado está ubicado en el túnel de la mítica ex estación de Avellaneda, en donde el 26 de junio de 2002 una brutal represión policial se llevó la vida de dos jóvenes que militaban en el “Frente de Trabajadores Desocupados” (F.T.D.). Estación que hoy nos invita a conocer lo sucedido, a través de las intervenciones que lleva adelante el frente de artistas del “Frente Popular Darío Santillán” (FPDS) autodefinido como movimiento social, político, multisectorial y autónomo. Las intervenciones se pueden apreciar desde sus andenes, túnel, hall central y el ingreso a la estación; o hasta en el cambio de nombre de la misma (Estación “Darío y Maxi”). Sobre los fríos azulejos blancos del túnel, un esténcil llama la atención y sobresale del resto. La figura de una mujer de pie, embarazada y una niña que le toca la panza con esperanza, como queriendo contemplar el momento. Ambas tienen la cara cubierta con un pañuelo característico de los movimientos de lucha. Un gran sector de la sociedad afirma que el pañuelo es usado para ocultarse entre la multitud, pero para ellas, que viven y nacen en lucha es para poder respirar entre el denso humo que emanan las cubiertas y los gases que arroja la policía.

Estamos, entonces, frente a una cómoda postura crítica. Aquellas personas que repudian las manifestaciones sociales argumentando que no tienen sentido o que interferir el libre tránsito no es la solución, son los mismos que se olvidan de que su presente fue adquirido, en gran medida, mediante este tipo de modalidad en la que se lucha por lo que es nuestro y por lo que nos corresponde. El no involucrarse, no luchar y la falta de interés, tiene sus orígenes en la época del gobierno militar que hoy se refleja, no solo en las dos generaciones de militantes que faltan, sino también, en un miedo que sigue latente. Es relevante destacar que los hechos se desarrollaron en un momento de crisis para el país, por lo que esta intervención, el graffiti en sí, es el resultado de un proceso histórico y cultural único en donde se reivindican los movimientos sociales y la lucha contra un poder hegemónico que nos somete día a día mediante sus grandes instituciones. Las mismas que fomentan la competencia y el odio para lograr así, un pueblo que no este unificado y, por ende, que no tengo el poder suficiente para hacerle frente al poder centralizado. Un claro ejemplo de esto se demuestra en el conmovedor testimonio de Sergio Kowalewski, uno de los fotógrafos que captó la muerte de los jóvenes a manos de la policía dentro del hall de la estación: “venía caminando y vi a los policías a unos cincuenta metros de la entrada, me encontré de frente al Comisario Franchiotti que estaba a cargo del cuerpo de Infantería. Le dije que pararan, que ya la gente se estaba retirando, que la dejaran irse porque si entraban a la estación, iban a ser una masacre. El me mostró que tenía el cuello lastimado como justificando con eso la continuidad de la represión”.

Por todo lo expuesto anteriormente, el graffiti no es solo una pintura en la pared que pone de manifiesto la expresión artística de un sector determinado, o bien para mirada de algunos pocos, un acto vandálico. Sería un análisis superficial darle solo esa mirada. Es más bien, la expresión de un sector y, por qué no, de un pueblo, que viene logrando las grandes conquistas de la historia. ¿Hasta cuándo la violencia, la venganza y el odio seguirán siendo el motor de nuestras acciones? En algún momento podremos hablar nuestras diferencias y ponernos de acuerdo o, simplemente, respetar a los que piensan diferente de nosotros y ahí, en ese preciso momento, habremos iniciado el recorrido hacia el cambio y ya no tendremos la necesidad de nacer y vivir en lucha.

El graffiti seleccionado está ubicado en el túnel de la mítica ex estación de Avellaneda, en donde el 26 de junio de 2002 una brutal represión policial se llevó la vida de dos jóvenes que militaban en el “Frente de Trabajadores Desocupados” (F.T.D.). Estación que hoy nos invita a conocer lo sucedido, a través de las intervenciones que lleva adelante el frente de artistas del “Frente Popular Darío Santillán” (FPDS) autodefinido como movimiento social, político, multisectorial y autónomo. Las intervenciones se pueden apreciar desde sus andenes, túnel, hall central y el ingreso a la estación; o hasta en el cambio de nombre de la misma (Estación “Darío y Maxi”). Sobre los fríos azulejos blancos del túnel, un esténcil llama la atención y sobresale del resto. La figura de una mujer de pie, embarazada y una niña que le toca la panza con esperanza, como queriendo contemplar el momento. Ambas tienen la cara cubierta con un pañuelo característico de los movimientos de lucha. Un gran sector de la sociedad afirma que el pañuelo es usado para ocultarse entre la multitud, pero para ellas, que viven y nacen en lucha es para poder respirar entre el denso humo que emanan las cubiertas y los gases que arroja la policía.

Estamos, entonces, frente a una cómoda postura crítica. Aquellas personas que repudian las manifestaciones sociales argumentando que no tienen sentido o que interferir el libre tránsito no es la solución, son los mismos que se olvidan de que su presente fue adquirido, en gran medida, mediante este tipo de modalidad en la que se lucha por lo que es nuestro y por lo que nos corresponde. El no involucrarse, no luchar y la falta de interés, tiene sus orígenes en la época del gobierno militar que hoy se refleja, no solo en las dos generaciones de militantes que faltan, sino también, en un miedo que sigue latente. Es relevante destacar que los hechos se desarrollaron en un momento de crisis para el país, por lo que esta intervención, el graffiti en sí, es el resultado de un proceso histórico y cultural único en donde se reivindican los movimientos sociales y la lucha contra un poder hegemónico que nos somete día a día mediante sus grandes instituciones. Las mismas que fomentan la competencia y el odio para lograr así, un pueblo que no este unificado y, por ende, que no tengo el poder suficiente para hacerle frente al poder centralizado. Un claro ejemplo de esto se demuestra en el conmovedor testimonio de Sergio Kowalewski, uno de los fotógrafos que captó la muerte de los jóvenes a manos de la policía dentro del hall de la estación: “venía caminando y vi a los policías a unos cincuenta metros de la entrada, me encontré de frente al Comisario Franchiotti que estaba a cargo del cuerpo de Infantería. Le dije que pararan, que ya la gente se estaba retirando, que la dejaran irse porque si entraban a la estación, iban a ser una masacre. El me mostró que tenía el cuello lastimado como justificando con eso la continuidad de la represión”.

Por todo lo expuesto anteriormente, el graffiti no es solo una pintura en la pared que pone de manifiesto la expresión artística de un sector determinado, o bien para mirada de algunos pocos, un acto vandálico. Sería un análisis superficial darle solo esa mirada. Es más bien, la expresión de un sector y, por qué no, de un pueblo, que viene logrando las grandes conquistas de la historia. ¿Hasta cuándo la violencia, la venganza y el odio seguirán siendo el motor de nuestras acciones? En algún momento podremos hablar nuestras diferencias y ponernos de acuerdo o, simplemente, respetar a los que piensan diferente de nosotros y ahí, en ese preciso momento, habremos iniciado el recorrido hacia el cambio y ya no tendremos la necesidad de nacer y vivir en lucha.

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